El ruido y el principio
Por Fabian Magallanes.
En política, el escándalo es un bien demasiado barato. Basta una denuncia, un micrófono y una buena dosis de indignación para convertir una sospecha en sentencia. Lo difícil, lo verdaderamente difícil es sostener el principio cuando el viento sopla en contra, cuando la opinión pública pide cabezas antes de escuchar razones.
Estos días, Cerro Largo se convirtió en el nuevo escenario de esa vieja tentación: confundir justicia con espectáculo. Un jerarca de la Intendencia fue acusado de haber vendido materiales de construcción a la propia institución. El Frente Amplio, sin esperar el curso administrativo ni los informes correspondientes, llevó el caso a los medios y exigió su renuncia inmediata. Y así, antes de una sola resolución o investigación formal, ya se había dictado condena en el tribunal más implacable de todos: el de la opinión pública.
Yo no escribo estas líneas para defender a una persona. Es más, si se prueba que hubo irregularidad, que se apliquen todas las sanciones que correspondan. Pero mientras no se pruebe, mientras los procedimientos legales y administrativos no se agoten, no hay culpable, sino apenas un señalado. Y defender ese principio, el de la presunción, el del debido proceso, el del respeto a las reglas es mucho más importante que defender a un individuo.
La ética y la forma
El Frente Amplio podría haber hecho las cosas de otra manera.
Pedir informes, revisar facturas, verificar precios, solicitar dictámenes técnicos, y luego, si la evidencia lo justificaba, presentar la denuncia ante los organismos competentes. Ese es el camino de la transparencia madura, la que no necesita ruido para ser creíble.
Pero eligieron la ruta más breve y más visible: la del titular de prensa.
Y en ese apuro, se diluyó algo que debería importarnos a todos, sin importar el color partidario: la confianza en las instituciones.
Porque cuando el juicio se traslada a la plaza pública, la verdad se vuelve un accesorio.
Y en una democracia sana, los cargos no se pierden por sospecha ni por conveniencia política, sino por pruebas y decisiones fundadas. De lo contrario, abrimos la puerta a un linchamiento que mañana puede alcanzar a cualquiera, incluso a quienes hoy celebran la denuncia.
El valor de la prudencia
Hay un detalle que suele olvidarse en medio de la euforia moral: la prudencia también es una forma de ética.
Prudente no es el que calla, sino el que respeta los tiempos del proceso.
Prudente no es el que defiende ciegamente, sino el que pide que la verdad se confirme antes de condenar.
Y prudente, sobre todo, es aquel que entiende que el poder, sea en el gobierno o en la oposición tiene la obligación de actuar con responsabilidad institucional, no con reflejos de campaña.
Defender la legalidad no es tapar errores; es evitar que la justicia se convierta en instrumento de revancha.
Y si de algo me siento orgulloso como nacionalista, es de haber aprendido que los procedimientos valen más que las personas, y que un Partido serio no se deja arrastrar por el ruido del día a día.
Aprendizajes de un camino político
No hablo de estos temas desde la tribuna del comentarista ocasional.
Desde 2006, cuando prendí por primera vez un micrófono de radio, he visto cómo se construyen y destruyen reputaciones al ritmo del titular. Antes incluso, siendo gurí, ya andaba entre comités políticos.
Mi primer recuerdo es difuso en el tiempo, pero nítido en emoción: pintando carteles de la lista 62 del señor Rubén Gastelumendi en el galpón del finado “Licho” en Fraile Muerto, donde mi tío iba en esa lista y mi viejo lo ayudaba en el comité. El año, seguro, lo recordarán otros mejor que yo.
Desde entonces, no he dejado de aprender.
Fui electo Convencional Departamental de la Juventud en 2012, luego Convencional Departamental para las elecciones municipales de 2020, Edil Departamental entre 2020 y 2025, y nuevamente Convencional para las elecciones Departamentales de 2025. Por apenas 120 votos no logramos renovar la banca en la Junta, pero ganamos algo más importante: experiencia, aprendizaje y una mirada más amplia de cómo se mueve el sistema político y mediático.
Por eso cuando hablo de linchamientos públicos no lo hago desde la teoría. Lo he visto, lo he sentido bien cerca y, como tantos, sé lo fácil que es instalar una sospecha y lo difícil que es limpiarla después. Sé también cómo se opera desde la comunicación y cómo, a veces, el interés electoral se disfraza de moral indignada.
Más allá de Cerro Largo
Este episodio, más que un caso, es un espejo. Refleja el modo en que hemos empezado a usar la denuncia como atajo político, como si cada sospecha fuera una oportunidad electoral.
Refleja también una peligrosa deriva cultural: la de la impaciencia. Queremos justicia instantánea, transparencia inmediata, resultados al ritmo de las redes. Pero la justicia, la verdadera no es viral, ni inmediata, ni complaciente. Es lenta, incómoda y exige pruebas.
Por eso, defender los procedimientos no es un gesto conservador. Es, en estos tiempos, un acto de rebeldía.
Porque mientras algunos se apuran en condenar, otros preferimos esperar, analizar, contrastar. No por cálculo, sino por convicción.
Y esa convicción me dice que el día que aceptemos que basta una denuncia para destruir a una persona, habremos traicionado la democracia más que cualquier corrupto.
El principio y el futuro
La política necesita menos aplausos y más principios.
Y entre todos los principios que vale la pena defender, este es uno de los más nobles: el derecho a ser juzgado con justicia, no con ruido.
Hoy le tocó a un funcionario. Mañana puede ser otro. Pasado mañana, cualquiera de nosotros.
Por eso escribo, no para absolver ni condenar, sino para recordar que los Partidos, los verdaderos Partidos se fortalecen cuando defienden el procedimiento incluso frente a sus adversarios, y se degradan cuando sacrifican la justicia en el altar del oportunismo.
No defiendo a un hombre; defiendo una forma de hacer política.
Porque en el fondo, la única lealtad que importa es la que se tiene con el Estado de Derecho, ese delicado pacto que nos protege de los caprichos, de la furia y del linchamiento.
Y si eso me convierte en un político viejo en tiempos de inmediatez, que así sea. Prefiero ser un político que cree en las formas, antes que un espectador más del circo.
El Mirador Arachan Desde Cerro Largo, para todo el Uruguay