HASTA SIEMPRE CABEZA

No sé cuántos leerán estas líneas y, la verdad, poco me importa.

Desde que se apagó el micrófono, me prometí escribir cada cosa que me surja y soltarla al mundo del internet. No para gustar, ni acariciar lomos, ni vender publicidad, sino a modo de terapia… y qué bien se siente.

Hoy me levanté con un nudo en el pecho por la noticia de que la muerte, esa que lo andaba buscando hace tiempo, se lo llevó finalmente. Dejé que los titulares inundaran las redes, no quise detenerme en ninguno porque yo lo conocí, lo disfruté y aprendí.

Preparé un amargo, me armé un Cerrito, prendí la computadora y dejé que el humo se mezclara con alguna lágrima que se escapó sin permiso. Abrí la memoria y dejé que los recuerdos fluyeran… esto es lo que salió.

Hoy se nos murió el Cabeza, y sentimos fuerte su partida. Hay vidas que no se miden en años, sino en la huella que dejan, y Javier fue de esas personas que se vuelven parte del alma de un pueblo. Un día me invitó a su comité, donde estaban fritando unos cuantos kilos de milanesa de tararira que trajeron de una pesca. Me dijo que eran como veinte kilos de milanga y que estaban tan bien fileteadas por él mismo que si encontraba una espina me pagaba. ¡Eso era el Cabeza! Nunca había visto yo una reunión política con milanesas de tararira para la cena.  Esa era su manera de hacer política: con música, un plato compartido y charlas largas, de esas que empezaban hablando de votos y terminaban hablando de la vida.

Lo conocí antes de que fuera alcalde, cuando ya andaba preocupado por los suyos, con más ganas de hacer que de aparecer. Siempre dispuesto, siempre con la palabra justa, con ese don de estar sin buscar protagonismo. Su teléfono siempre respondía a cualquier hora y nunca negaba ayuda a quien lo necesitara. Apasionado por el fútbol, al que le dedicó tanto corazón, logró dejarle un estadio hermoso a los gurises y los trajo a competir en Melo, contra todo. Así era él: empuje, coraje y entrega.

Lo disfrutamos como alcalde del Municipio de Aceguá, donde siguió siendo el mismo vecino de siempre: cercano, comprometido y leal. No necesitaba micrófonos ni escenarios para hacerse escuchar; su voz era la del trabajo diario, del gesto amable y del compromiso sincero con su gente. Estuvo al lado de los estudiantes, de los vecinos del comedor, de los del raid, los de la bicicleta… y también les regaló espectáculos artísticos inolvidables. Recuerdo a Lucas Sugo cantando en una carpa sobre el cantero central y al Cabeza feliz, mirando cómo su pueblo disfrutaba. Sufrió cuando llegó la pandemia y los Free Shops cerraron; conocía bien ese mundo porque había trabajado allí en otros tiempos. “Aceguá es un desierto un sábado a la tarde”, me decía con tristeza, y enseguida agregaba: “pero si Dios quiere, pronto vamos a mejorar”. El Cabeza estuvo en todas, y con todos. Su honestidad fue guía. Su humildad, ejemplo. Mientras otros buscaban brillo en la política, él encontró sentido en servir y no en servirse, en estar cerca, en hacer.

Como buen “viejo zorro” de mil campañas, también me regaló anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. Un domingo de elección en mayo de 2010, después de una jornada agotadora y antes de ir para el escrutinio, se sentó con su señora a tomar unos mates afuera del comité, justo sobre la avenida internacional. Faltaba media hora para cerrar la votación cuando vieron entrar dos ómnibus repletos, viniendo del lado brasileño. El Cabeza, sin perder la calma, le dijo a su compañera: “Estos son votos del viejo Almeida… nos pelaron”. Y así fue. Una elección voto a voto que se definió con un gol en la hora, perdiendo el sillón del Municipio por una diferencia cercana a los 100 votos. Pero lejos de resignarse, siguió trabajando con la misma pasión de siempre, y en la siguiente elección le ganó a su rival político y le cortó la reelección, con el empuje del que no se rinde. Esas batallas también son El Cabeza.

La vida lo golpeó fuerte con la partida de su compañera, aquel amor inmenso que lo marcó para siempre. Desde entonces, algo en él se volvió silencio, pero nunca dejó de luchar. Enfrentó una dura enfermedad con la misma entereza con la que había enfrentado todo: con fe, coraje y dignidad. En nuestras charlas, esas que guardo con cariño, siempre aparecía Dios. Lo nombraba con devoción, con una fe limpia, sin dobleces. Creía ciegamente en esa divinidad que a veces nosotros cuestionamos, sobre todo cuando se lleva a los mejores, cuando todavía tienen tanto para dar. El Cabeza creía, y esa fe lo sostuvo hasta el final.

Hoy Aceguá llora a uno de sus hijos más queridos. Y yo, como compañero de partido y agradecido por los momentos compartidos, me quedo con la tristeza de su ausencia y la gratitud de haberlo conocido tan de cerca. Duele aceptar su partida, pero sé, porque me lo dijo más de una vez, que se fue a reencontrar con su gran amor. Mientras el pueblo se detiene a despedirlo, queda la certeza de que los hombres buenos no se van del todo: se quedan en las calles que ayudaron a construir, en los recuerdos compartidos, en las risas, en la fe y en el ejemplo que sembraron.

Gracias, Cabeza. Por las charlas, por la amistad, por la lección de humildad y entrega. Tu paso por esta tierra fue noble, y tu memoria quedará encendida en el corazón de quienes tuvimos el privilegio de compartir contigo un mate, una charla y una esperanza.