FELICES 109 AÑOS «DON BOCHA»

Maximino Francisco Marta, alias: «Don Bocha»

109 años cabalgando la historia desde Tupambaé

Por: Fabian Magallanes

El 28 de octubre de 1916 el mundo ardía.
Europa se desangraba en la Primera Guerra Mundial, y Uruguay celebraba el ascenso del Dr. Feliciano Viera al gobierno, sucesor del también Colorado José Batlle y Ordoñez.
En la quietud de la campaña de Cerro Largo, entre el perfume de la tierra mojada y el silbido del viento sobre los pastizales, nació un niño que, sin saberlo, iba a ser testigo del siglo más vertiginoso de la humanidad.
Ese niño se llamó Maximino Francisco Marta, aunque el pueblo lo rebautizó con afecto como Don Bocha.

Su historia comenzó con la luz de un candil y el canto del gallo.
Creció en un Uruguay que aún olía a campo recién arado, donde los caminos eran de tierra y los caballos marcaban el pulso del día. Los domingos eran de misa y guitarras, los inviernos de brasero y leña, y las noches de fogones donde se aprendía a escuchar más que a hablar.
Don Bocha fue niño cuando el país era todavía un puñado de sueños rurales, y hombre cuando el mundo se llenó de máquinas y cables, de voces que viajaban por el aire y de imágenes que cruzaban océanos.

A su alrededor el siglo giró como un remolino.
Vio llegar los primeros autos, esos que al principio levantaban polvo y asombro. Escuchó las radios que unieron al Uruguay entero en la voz de los relatores, los tangos de Gardel y las noticias de un mundo que se abría.
Vivió el fervor del fútbol que nos dio identidad, las dictaduras que silenciaron las plazas, los regresos de la democracia que volvieron a llenarlas de esperanza.
Presenció el paso de las generaciones que cambiaron el trabajo a caballo por el tractor, la carta por el teléfono, el fuego de leña por el resplandor de la pantalla.
Dejó atrás los años del silencio rural y abrazó, con asombro y serenidad, los tiempos del ruido digital.

Y sin embargo, él siguió siendo el mismo.
Hombre de campo, trabajador de la tierra, guardián del ritmo natural.
Sus manos, curtidas por los inviernos y las siembras, siguieron cuidando su huerta, vendiendo sus cultivos, compartiendo el fruto de su trabajo con vecinos y amigos.
En las tardes frías, todavía se lo ve picar la leña, paciente y fuerte, preparando el fuego que calienta su casa y su memoria.
Por estas tierras se dice que es un roble, y la expresión le hace justicia: porque en cada fibra suya hay fortaleza, y en cada silencio, sabiduría.

Don Bocha ha vivido lo que pocos pueden contar.
Cuando nació, Uruguay apenas superaba el millón de habitantes; hoy el país se mira al espejo de la tecnología y la globalización.
Él vio desfilar gobiernos, guerras, reformas y revoluciones; vio cambiar las escuelas, las costumbres, los valores y hasta las palabras.
Pero hay algo que no cambió: la dignidad del trabajo, el respeto por la tierra, la importancia del saludo, la nobleza de una promesa cumplida.

Su vida se parece al Uruguay mismo: resistente, laboriosa, serena y profunda.
Y así como el país se reinventó una y otra vez, Don Bocha también supo adaptarse sin perder su esencia.
En su mirada hay un país entero: el del mate compartido, la conversación lenta, la paciencia de quien entiende que la vida es un campo que se siembra todos los días.

Hoy, con 109 años (en los papeles) porque recuerda que fue a caballo cuando lo registraron y era algo común en ese entoces, su existencia se entrelaza con la de los hombres y mujeres más longevos del mundo como Ethel Caterham, en el Reino Unido, nacida en 1909, y João Marinho Neto, en Brasil, nacido en 1912.
Pero más allá de cualquier registro, Maximino Francisco Marta pertenece a otro linaje: el de los que vencen al tiempo con la fuerza del espíritu.

En Tupambaé, su nombre no es solo una historia: es un símbolo.
Los jóvenes lo miran con admiración, los mayores lo recuerdan con cariño, y todos lo sienten parte del paisaje, como el viento, la tierra o el horizonte.
Don Bocha no ha vivido un siglo: ha cabalgado por la historia. Desde los caminos de tierra de su infancia hasta las pantallas donde hoy los nietos y bisnietos aprenden el mundo, su vida traza el puente invisible entre lo que fuimos y lo que somos.

Que su ejemplo nos sirva de faro.
Que aprendamos de él que vivir no es solo durar, sino dejar huella.
Que el tiempo, si se vive con gratitud y con trabajo, no se lleva lo esencial, sino que lo hace más hondo.
Y que en cada arruga suya late la historia entera de un país que, como él, se hizo fuerte a fuerza de esperanza.

Maximino Francisco Marta, Don Bocha,
tu vida es un homenaje a la tierra y al tiempo.
Tu historia nos recuerda que el alma del Uruguay no está en los libros, ni en las fechas, ni en los monumentos:
está en hombres como vos, que supieron mirar la vida de frente, con los pies firmes en el suelo y el corazón encendido.